Mes: agosto 2011

Hello, my name is John Wayne

– No sé si te has dado cuenta, nena, pero si buscas a un verdadero centauro del desierto, aquí lo tienes –sonrió mientras se apoyaba en la barra de la cantina-.  Me llamo John Wayne.

– ¡No me digas!  ¿Y se supone que debo admirarte por el par de… pistolitas que llevas al cinto? –la corista torció sus labios pintados de carmín-.

– No, preciosa, admirarás mi pistola especial de cañón extra largo que llevo oculta en los pantalones…

– Pues creo que pronto tendrás ocasión de hacer uso de ella –señaló hacia las puertas abatibles del local-.

De un fuerte empellón, se abrieron violentamente y se quedaron gimiendo de dolor.  Acababa de entrar Perro Rabioso Joe.  Le llamaban así porque echaba espuma por la boca cada vez que se batía en duelo.  La música festiva de la pianola se detuvo.  Los jugadores de las mesas dejaron sus cartas suspendidas en el aire.

– ¡Cantinero! –caminó, arrastrando las espuelas-.  ¡Güiski!

– Querrás decir Whisky –corrigió John-.

Perro Rabioso Joe se giró hacia él y le miró con desprecio-.

– ¿Te atreves a dirigirme la palabra? –escupió al suelo-.  ¡Vamos fuera!  ¡Si yo digo Güiski, es Güiski, coño!

– Lo que tu digas, amigo.  No pienso batirme en duelo por esa estupidez…

– Gallina de mierda…  ¡No tienes cojones!

– Los tengo.  ¿Quieres que te los enseñe?  ¡Son enormes!  ¡Como mi pistola especial de cañón extra largo!  Vamos arriba… –señaló las habitaciones-

– ¡Me da igual! Arriba, afuera… Te mataré…

Los parroquianos temían que sucediera lo peor.  De inmediato, se agolparon en las escaleras y comenzaron las apuestas.  Wayne y Perro Rabioso Joe desaparecieron en una de las habitaciones superiores.  Todos contuvieron el aliento, esperando escuchar los disparos.  Pero hubo un gran silencio.  Después un grito de rabia y luego, un ataque de llanto.  Vieron a Perro Rabioso Joe salir corriendo, totalmente histérico, hasta que abandonó la cantina.  John Wayne bajó despacio, sonriente, con una bolsa de dinero en la mano.  La corista se apresuró hasta llegar junto a él, con un vaso de Whisky.

– ¿Qué pasó? –le miró ansiosa-.

– Hicimos una apuesta.  Si mi pistola era más grande que la de él, ganaba veinte monedas de oro.  Las sacamos y… bueno, se dio cuenta de que su hombría era tan pequeña como la de una lombriz de tierra.  Si quieres, te la puedo mostrar a ti también.

– Hum… creo que tengo la funda adecuada para guardarla… totalmente adaptable a cualquier tamaño –respondió la corista con picardía-.

 

Copyrigth: Texto de Valeria Marcon, todos los derechos reservados.

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