Las Mujeres de mi Casa

Cuando miro mis manos me parece estar viendo las de mi madre.  Y cuando veo las de mi madre, sé con seguridad que reflejan el trabajo y el tesón de las manos de mi abuela.  Todas sus manos juntas forman la ternura y el amor… y la sabiduría adquirida a lo largo de los años.  Y si añado las mías, entonces se conjugan la juventud y los sueños de un porvenir. 

Recuerdo las caricias de mi madre, con aquellas manos de algodón de azúcar y perfume de flores silvestres, mientras me narraba la historia de las mujeres de mi casa.  Mis bisabuela Leonor fue el tronco de nuestro árbol, tan fuerte que jamás se quebró, a pesar de las tormentas que lo abatieron.  Por amor, ella abandonó el hogar paterno, dejando sus comodidades y su infancia.  Tuvo que enfrentar la cólera de un padre inflexible que la desheredó y que ni siquiera tuvo piedad cuando regresó, pidiendo un mendrugo de pan y leche para el bebé recién nacido que acunaba en sus brazos. 

 

En aquellos tiempos, una mujer que desafiaba a su familia y a la sociedad era considerada un ente perturbador de las buenas costumbres.  Pero Leonor escogió vivir su propia vida, según las reglas dictadas por su corazón.  Muchas veces me pregunto, ¿qué habría ocurrido si hubiera abandonado la idea de escapar junto a mi bisabuelo, el General Lasdislao Gamboa?  ¿Habría aguantado, de manera sumisa, las decisiones que otros tomaran por ella?  Y aunque la suerte no le sonrió, mi bisabuela tuvo la fuerza de continuar luchando para sacar adelante a sus tres hijos, frutos de su infortunada unión con aquel General, que sólo tenía tiempo para pensar en la guerra fuera de casa y dentro de ella.  

Un buen día, Ladislao llegó completamente borracho.  Enardecido por el fuego del alcohol que recorría sus venas, descargó su furia sobre una joven que atendía las labores del hogar y acompañaba a Leonor.  La paliza fue tan brutal que la pobre chica murió en los brazos de su ama.  Tras aquel terrible suceso, mi bisabuela corrió el riesgo de abandonar a su marido, llevándose a sus pequeños.  Dicen que el temible general salió en su busca, pero en el camino encontró la muerte; tal vez algún vengador anónimo terminó con su atormentada alma y salvó a Leonor de un terrible destino.

Mi madre me contó que las manos de mi bisabuela eran tersas y delicadas a pesar del trabajo que pasaron.  Y que aquellas manos sostuvieron con fuerza y valentía a sus tres hijos: Benjamín, Ramón y Francisca.  Podría contar la historia de los hermanos Gamboa, con sus luces y sombras, pero no viene al caso.  Sólo puedo decir que no tuvieron una vida fácil.  Y cuando, finalmente, lograron mudarse a la capital, Benjamín ya había muerto y mi abuelo Ramón, de tan sólo dieciocho años, pudo proporcionar a su madre y a su hermana una vivienda digna y una vida mucho mejor que aquella que tenían en el campo. 

Ramón conoció a mi abuela Miguelina durante uno de sus paseos por el parque, un domingo luminoso e inolvidable.  Fue amor a primera vista.  Ella trabajaba como dama de compañía de una señora inglesa, de sangre aristocrática.  Antes de llegar a ocupar aquel lugar con Lady Smith, tuvo una infancia complicada.  Quedó huérfana a los tres años y fue criada por su hermana mayor.  Vivían en un pequeño pueblo, a doscientos kilómetros de la capital.  Mi madre siempre me dijo que la abuela sufrió mucho por ser mujer y por ser la más pequeña de los doce hermanos.  Hacía las labores más pesadas y recibía severos castigos si no lograba cumplirlos. 

 

Una mañana, Miguelina, con tan sólo ocho años, se encaminó hacia el manantial, como de costumbre, para llenar dos cántaros con agua.  Al llegar a la orilla, los depositó en el suelo y se agachó para ver su reflejo.  Lo que ocurrió entonces mi abuela no lo olvidaría jamás y lo contó a cada una de sus hijas, siendo más parecido a un cuento de hadas que a un hecho real.  Las aguas del manantial se agitaron en un remolino burbujeante y emergió un extraño ser de color verdusco, portando dos cántaros llenos de agua, que los dejó a su lado.  Mi abuela se quedó inmóvil por un breve instante y luego, echó a correr, con aquella imagen en su cabeza y la voz de la criatura que le repetía que ella lograría ser feliz lejos de aquel lugar, con un hombre que conocería en un parque.

Por increíble que parezca, mi abuela consiguió ser la dama de compañía de la Sra. Smith cuando ésta llegó por casualidad al pueblo y la conoció en la tienda de telas.  Le pareció una joven encantadora y le propuso que trabajara con ella.  Le proporcionaría una buena educación y hasta podría viajar a Inglaterra, llegado el momento.  Así fue cómo Miguelina aceptó cambiar de vida.  Aprendió a leer y a escribir, y perfeccionó sus dotes como modista.  Pero el destino quiso que se encontrara con mi abuelo en aquel parque y nunca llegó a cruzar el mar, rumbo a Inglaterra.

Las manos de mi abuela sabían de telas, de hilos y de bordados.  Pero también habían conocido la dureza del trabajo del campo.  Y con el tiempo, tuvieron la oportunidad de tejer y estrechar los lazos de amor con sus cinco hijas: Auristela, Aida, Doris, Beatriz y Rosina.  Criar a cinco mujeres resultó difícil, incluso en tiempos modernos.  Mi madre, Aida, vivió la transición entre las grandes orquestas y bailes de salón, y Elvis y los Beatles.  Era la época de la liberación femenina, en la cual las mujeres podían ejercer su derecho a votar y podían divorciarse si el matrimonio no funcionaba. 

Aunque los cambios comenzaban a obrarse en la sociedad, aún existían sectores que no aprobaban a una mujer independiente.  Y dentro del grupo de aquellas que contribuyeron a desmitificar el estereotipo del “sexo débil” se encontraban las mujeres de mi casa: cinco mujeres que defendieron sus ideales y que nunca permitieron que ningún hombre las menospreciara.  Mi madre me enseñó que no había nada que no pudiéramos lograr y que, a pesar de vivir en una sociedad donde todavía persisten pensamientos contrarios a la igualdad de género, éramos mucho más fuertes por nuestra capacidad de ser muchas cosas a la vez: buenas madres, buenas esposas, buenas amas de casa, buenas trabajadoras y buenas amigas. 

Las manos de mi madre siempre han estado allí cuando más las he necesitado.  Han sido fuertes y valientes porque han hecho de mí lo que soy ahora.  Me sacaron adelante y me educaron.  Sus manos se han convertido en mi referencia personal.  Heredaron todas las habilidades de Leonor y de Miguelina, y adquirieron su propia personalidad, adaptándose a los vientos que soplaban.  Las manos de mis tías tienen también una historia particular y sus gestos hablan por sí solos.  Son iguales y diferentes entre sí, iguales y diferentes a las mías.  Ahora, después de tantos años, miro mis manos y contemplo cada una de sus vidas, cada una de sus sonrisas y sus lágrimas.  Y sobre todo, veo a las mujeres de mi casa que han representado todo lo que hay dentro de mí.

 Texto: Valeria Marcon Gamboa.  Todos los derechos reservados. 

“Las Mujeres de mi Casa” obtuvo el accésit del Certamen Relato Corto de Mujer 2009, en Manzanares, Ciudad Real y fue publicado en la Revista Firmas de Mujer.

Anuncios

One comment

  1. Hola Valery, qué bueno que lo publicaste. Lo leí de nuevo. Es claro, que este relato no es toda la historia, pues es sumamente larga de contar. Pero qué bueno que la escribiste. Te felicito. Siempre me gusta lo que escribes y cómo lo escribes y describes. Además de tu narrativa, que es increíblemente maravillosa.
    Un beso. Cuídate. Te quiero mucho

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s