Mes: mayo 2011

Valeria Marcon presentó en Manzanares “Animales Nocturnos”, su primer libro publicado

La novela “Animales Nocturnos”, de Valeria Marcon, vio la luz en Manzanares en el acto literario que se celebró el viernes en la Biblioteca Municipal “Lope de Vega”. La presentación corrió a cargo del poeta y escritor Antonio Daganzo quien resaltó el trabajo serio de la autora que ha dado como resultado “una novela muy buena y de empaque”.

Valeria Marcon Gamboa ha hecho realidad uno de sus sueños más deseados, ver publicado su primer libro “Animales Nocturnos”, una novela que escribió hace diez años en su país natal, Venezuela. Una vez afincada en España decidió revisarlo y reescribirlo realizando las correcciones y modificaciones que consideró pertinentes para configurar un trabajo creativo y de investigación profundizando en la lectura de los mitos, leyendas y tradiciones relacionadas con el género gótico vampírico en el que se enmarca la novela.

En ese periodo de tiempo Marcón cambió notablemente su forma de escribir debido a que realizó estudios de especialización en guión cinematográfico de ficción dando lugar a una obra que, en su opinión, trata de ser original, sobre todo en la forma de contarla de manera rápida, dividida por acciones, para que el lector participe del dinamismo de la narración y bebe de las fuentes de la literatura gótica y moderna, al estilo de Sheridan Le Fanu o Anne Rice.

“Animales Nocturnos”, que vio la luz en Manzanares el viernes en el acto literario organizado por el Área de Cultura del Ayuntamiento en la Biblioteca Municipal “Lope de Vega”, fue presentado por el poeta y escritor Antonio Daganzo quien destacó el trabajo de la autora y de quien dijo que “sale airosa del envite” al cuajar un texto de acción trepidante que captará la atención del lector calificando el trabajo como “serio y de empaque”.

La autora eligió la Biblioteca Municipal de Manzanares por tratarse del entorno apropiado para realizar este tipo de presentaciones literarias considerando todas las bibliotecas como un “santuario”. Al día siguiente de la presentación de “Animales Nocturnos” Valeria Marcon acudió a la Feria del Libro de Madrid para firmar ejemplares, una oportunidad más para promocionar y distribuir su primera novela publicada.

La escritora novel hizo alusión a las dificultades que un escritor encuentra a la hora de publicar un libro por lo que decidió tomar el riesgo de co-financiarlo y co-editarlo con Voces de Hoy, una editorial norteamericana, ubicada en Miami, que ha lanzado una primera edición de 150 ejemplares cuya distribución y comercialización está llevando a cabo la propia autora y también se puede adquirir vía on line.

Valeria Marcon, que escribe desde niña, declaró que haber publicado su primera novela supone un impulso para seguir escribiendo y seguir cumpliendo sus sueños.

 

 

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El Fonógrafo

Lejos han quedado ya aquellas tardes soleadas en el patio de la casa. Mi abuelo Salvatore se sentaba en su sillón favorito y en el fonógrafo sonaba Glenn Miller y su banda. Algunos se reían de sus extravagancias, pero yo lo admiraba, sobre todo cuando se ponía su uniforme de aviador y me relataba sus aventuras. La que más me emocionaba era aquella donde contaba cómo conoció a mi abuela Silvia.

Su avión fue bombardeado por los franceses y aterrizó sobre un granero que resultó ser de la familia de mi abuela. El pequeño pueblo italiano se conmocionó. Levizzano había pasado desapercibido para la guerra. Su castillo se alzaba imponente e imperturbable, en medio de la campiña. Y los viñedos se expandían sin temor ante las casas de piedra.

Salvatore salió del avión, escupiendo paja, y se topó con mi joven y atractiva abuela que le apuntaba con una escopeta. Se miraron por un breve instante y se encendió la chispa del amor. Mi abuelo se rindió ante sus encantadores ojos castaños. Pero ella no bajó el cañón de la escopeta. Continuó apuntándolo hasta meterlo bajo sus sábanas y hacerle el amor, mientras el fonógrafo reproducía una canción de Glenn Miller y su banda.

 Texto: Valeria Marcon Gamboa.

Las Mujeres de mi Casa

Cuando miro mis manos me parece estar viendo las de mi madre.  Y cuando veo las de mi madre, sé con seguridad que reflejan el trabajo y el tesón de las manos de mi abuela.  Todas sus manos juntas forman la ternura y el amor… y la sabiduría adquirida a lo largo de los años.  Y si añado las mías, entonces se conjugan la juventud y los sueños de un porvenir. 

Recuerdo las caricias de mi madre, con aquellas manos de algodón de azúcar y perfume de flores silvestres, mientras me narraba la historia de las mujeres de mi casa.  Mis bisabuela Leonor fue el tronco de nuestro árbol, tan fuerte que jamás se quebró, a pesar de las tormentas que lo abatieron.  Por amor, ella abandonó el hogar paterno, dejando sus comodidades y su infancia.  Tuvo que enfrentar la cólera de un padre inflexible que la desheredó y que ni siquiera tuvo piedad cuando regresó, pidiendo un mendrugo de pan y leche para el bebé recién nacido que acunaba en sus brazos. 

 

En aquellos tiempos, una mujer que desafiaba a su familia y a la sociedad era considerada un ente perturbador de las buenas costumbres.  Pero Leonor escogió vivir su propia vida, según las reglas dictadas por su corazón.  Muchas veces me pregunto, ¿qué habría ocurrido si hubiera abandonado la idea de escapar junto a mi bisabuelo, el General Lasdislao Gamboa?  ¿Habría aguantado, de manera sumisa, las decisiones que otros tomaran por ella?  Y aunque la suerte no le sonrió, mi bisabuela tuvo la fuerza de continuar luchando para sacar adelante a sus tres hijos, frutos de su infortunada unión con aquel General, que sólo tenía tiempo para pensar en la guerra fuera de casa y dentro de ella.  

Un buen día, Ladislao llegó completamente borracho.  Enardecido por el fuego del alcohol que recorría sus venas, descargó su furia sobre una joven que atendía las labores del hogar y acompañaba a Leonor.  La paliza fue tan brutal que la pobre chica murió en los brazos de su ama.  Tras aquel terrible suceso, mi bisabuela corrió el riesgo de abandonar a su marido, llevándose a sus pequeños.  Dicen que el temible general salió en su busca, pero en el camino encontró la muerte; tal vez algún vengador anónimo terminó con su atormentada alma y salvó a Leonor de un terrible destino.

Mi madre me contó que las manos de mi bisabuela eran tersas y delicadas a pesar del trabajo que pasaron.  Y que aquellas manos sostuvieron con fuerza y valentía a sus tres hijos: Benjamín, Ramón y Francisca.  Podría contar la historia de los hermanos Gamboa, con sus luces y sombras, pero no viene al caso.  Sólo puedo decir que no tuvieron una vida fácil.  Y cuando, finalmente, lograron mudarse a la capital, Benjamín ya había muerto y mi abuelo Ramón, de tan sólo dieciocho años, pudo proporcionar a su madre y a su hermana una vivienda digna y una vida mucho mejor que aquella que tenían en el campo. 

Ramón conoció a mi abuela Miguelina durante uno de sus paseos por el parque, un domingo luminoso e inolvidable.  Fue amor a primera vista.  Ella trabajaba como dama de compañía de una señora inglesa, de sangre aristocrática.  Antes de llegar a ocupar aquel lugar con Lady Smith, tuvo una infancia complicada.  Quedó huérfana a los tres años y fue criada por su hermana mayor.  Vivían en un pequeño pueblo, a doscientos kilómetros de la capital.  Mi madre siempre me dijo que la abuela sufrió mucho por ser mujer y por ser la más pequeña de los doce hermanos.  Hacía las labores más pesadas y recibía severos castigos si no lograba cumplirlos. 

 

Una mañana, Miguelina, con tan sólo ocho años, se encaminó hacia el manantial, como de costumbre, para llenar dos cántaros con agua.  Al llegar a la orilla, los depositó en el suelo y se agachó para ver su reflejo.  Lo que ocurrió entonces mi abuela no lo olvidaría jamás y lo contó a cada una de sus hijas, siendo más parecido a un cuento de hadas que a un hecho real.  Las aguas del manantial se agitaron en un remolino burbujeante y emergió un extraño ser de color verdusco, portando dos cántaros llenos de agua, que los dejó a su lado.  Mi abuela se quedó inmóvil por un breve instante y luego, echó a correr, con aquella imagen en su cabeza y la voz de la criatura que le repetía que ella lograría ser feliz lejos de aquel lugar, con un hombre que conocería en un parque.

Por increíble que parezca, mi abuela consiguió ser la dama de compañía de la Sra. Smith cuando ésta llegó por casualidad al pueblo y la conoció en la tienda de telas.  Le pareció una joven encantadora y le propuso que trabajara con ella.  Le proporcionaría una buena educación y hasta podría viajar a Inglaterra, llegado el momento.  Así fue cómo Miguelina aceptó cambiar de vida.  Aprendió a leer y a escribir, y perfeccionó sus dotes como modista.  Pero el destino quiso que se encontrara con mi abuelo en aquel parque y nunca llegó a cruzar el mar, rumbo a Inglaterra.

Las manos de mi abuela sabían de telas, de hilos y de bordados.  Pero también habían conocido la dureza del trabajo del campo.  Y con el tiempo, tuvieron la oportunidad de tejer y estrechar los lazos de amor con sus cinco hijas: Auristela, Aida, Doris, Beatriz y Rosina.  Criar a cinco mujeres resultó difícil, incluso en tiempos modernos.  Mi madre, Aida, vivió la transición entre las grandes orquestas y bailes de salón, y Elvis y los Beatles.  Era la época de la liberación femenina, en la cual las mujeres podían ejercer su derecho a votar y podían divorciarse si el matrimonio no funcionaba. 

Aunque los cambios comenzaban a obrarse en la sociedad, aún existían sectores que no aprobaban a una mujer independiente.  Y dentro del grupo de aquellas que contribuyeron a desmitificar el estereotipo del “sexo débil” se encontraban las mujeres de mi casa: cinco mujeres que defendieron sus ideales y que nunca permitieron que ningún hombre las menospreciara.  Mi madre me enseñó que no había nada que no pudiéramos lograr y que, a pesar de vivir en una sociedad donde todavía persisten pensamientos contrarios a la igualdad de género, éramos mucho más fuertes por nuestra capacidad de ser muchas cosas a la vez: buenas madres, buenas esposas, buenas amas de casa, buenas trabajadoras y buenas amigas. 

Las manos de mi madre siempre han estado allí cuando más las he necesitado.  Han sido fuertes y valientes porque han hecho de mí lo que soy ahora.  Me sacaron adelante y me educaron.  Sus manos se han convertido en mi referencia personal.  Heredaron todas las habilidades de Leonor y de Miguelina, y adquirieron su propia personalidad, adaptándose a los vientos que soplaban.  Las manos de mis tías tienen también una historia particular y sus gestos hablan por sí solos.  Son iguales y diferentes entre sí, iguales y diferentes a las mías.  Ahora, después de tantos años, miro mis manos y contemplo cada una de sus vidas, cada una de sus sonrisas y sus lágrimas.  Y sobre todo, veo a las mujeres de mi casa que han representado todo lo que hay dentro de mí.

 Texto: Valeria Marcon Gamboa.  Todos los derechos reservados. 

“Las Mujeres de mi Casa” obtuvo el accésit del Certamen Relato Corto de Mujer 2009, en Manzanares, Ciudad Real y fue publicado en la Revista Firmas de Mujer.

Presentación de ANIMALES NOCTURNOS

El día 27 de mayo, a las 20:30 horas, se llevará a cabo la “presentación en sociedad” de mi novela Animales Nocturnos, cuya autora es quien escribe la noticia. 

Estará a cargo de la presentación Antonio Daganzo, poeta y escritor madrileño; un gran amigo que me ha ayudado en mis momentos de duda y me ha animado siempre. 

Al día siguiente de la presentación, sábado 28 de mayo, estaré en la Feria del Libro de Madrid, firmando libros, en el stand Nº13, a las 18:00 horas, en la Cuesta de Moyanos. 

 Así que están invitados a pasar por allí, a conocerme a mí y a mis Animales Nocturnos.