La Puerta de la Noche

Yo también crucé el armario de mi habitación muchas veces, pero jamás llegué hasta  Narnia, ni conocí al León o a la Bruja Blanca.  El mundo que visitaba era muy distinto: tenía grandes llanuras de arenas, adornadas con oasis habitados por caravanas de beduinos.  No sabían lo que era la noche, ni habían visto jamás las estrellas o las constelaciones.  Vivían en un día eterno de sol cegador que arrasaba con la vida vegetal.  El agua era un bien muy preciado, pues sólo se conseguía excavando en pozos profundos hasta ríos subterráneos.  Cuando llegué a través del armario, me confundieron con un semidiós.  Tal vez porque llevaba un botellín de agua en la mano y vestía con ropa de lino blanco.  Me condujeron ante el jefe tribal y me pidieron que les concediera el milagro de la noche.

– Ningún problema.  Os traeré a la noche.

Al abandonar la tienda y comenzar a caminar bajo el ardiente sol me dije: “¿Cómo rayos voy a lograrlo?”.  Salí corriendo, con la esperanza de encontrar la puerta de mi armario.  Pero no lo hice.  Hallé otra muy distinta: era negra, con una estrella plateada dibujada en el centro.

– ¡Qué extraño!  ¿Por qué nadie se ha topado con ella?

Cauteloso, me acerqué, cogí el pomo, lo giré y… la abrí.  Cuando la atravesé, una voz potente hizo que mis carnes temblaran como gelatina.

– ¡Cierra la puerta o dejarás escapar a la noche!

– ¡Eso es justamente lo que necesito! -le grité-.

Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta de par en par.  De pronto, se alzó un terrible viento y una sombra densa y enorme se abalanzó sobre mí.  Di con mi cuerpo por tierra y un escalofrío recorrió mi espalda.

La noche vagó por cada rincón de aquel mundo, sumiéndolo en el terror.  La gente no sabía qué hacer.  No estaban acostumbrados a la oscuridad.  Como pude, regresé a la tienda del jefe tribal, iluminando mi camino con la débil llama de mi mechero.

– Nos has traído la noche -dijo el jefe-.  Pero no sabemos cómo controlarla.

– A la noche no se le controla -le dije-.  Podéis adaptaros a ella.  Además, no siempre será de noche.  ¡Mirad el horizonte!  Despunta el día.

Dejé aquel mundo que nacía de nuevo y conseguí llegar al mío.

– ¡Ojalá pudiera hacer algo para que volviera a nacer mi mundo!  Pero no está en mis manos.  No puedo hacerlo solo.  Aquí hacen falta las de todos.

Miré a través de mi ventana.  Estaba amaneciendo.

Texto: Valeria Marcon

Todos los derechos reservados

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One comment

  1. Qué bello el tema de esta historia. Me gustó muchísimo. De pronto me trasladé al desierto donde habitaban los beduinos en el oasis y sentí ese calor del que allí hablas. Y fui con él hasta la puerta negra con la estrella plateada y la abrí junto a él. Qué interesante lo que se vio allí y lo que el hombre le dijo para que no dejase la puerta abierta….
    Bello relato.
    Besitos sobrina querida.

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